Benedicto XVI. Viaje a Polonia. Mayo de 2006

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Benedicto XVI en Polonia

Durante la celebración de la Santa Misa en Varsovia

SUMARIO DEL VIAJE DE BENEDICTO XVI A POLONIA


25 de mayo de 2006

– Un itinerario por las huellas de Juan Pablo II

– Sacerdotes: promotores del encuentro del hombre con Dios

– Caridad y familia: claves de colaboración ecuménica


26 de mayo de 2006

– Cultivar el rico patrimonio de fe recibido
– En Czestochowa: María, escuela de fe

– Visita ciudad natal Juan Pablo II y Santuario de Kalwaria

– No es posible quitar del Evangelio las verdades incómodas, advierte el Papa

– Jóvenes rusos participan en el encuentro con el Papa en Polonia
– Homilía de Benedicto XVI al celebrar misa en Varsovia

27 de mayo de 2006

– Jóvenes: construid vuestra casa sobre la roca de Cristo


28 de mayo de 2006

– Benedicto XVI culmina su viaje a Polonia visitando Auschwitz

– En nombre de Juan Pablo II, el Papa pide a los polacos mantenerse firmes en la fe

– Un millón de chicos y chicas en Cracovia junto al Papa
– Benedicto XVI, «como padre», pide a los jóvenes decir «no» a la droga
– Benedicto XVI reza por la pronta beatificación de Juan Pablo II

– Dos millones de personas asisten a la misa en Cracovia

– Dios no vuelva a permitir otro Auschwitz

– El Papa se despide de Polonia: custodiad deposito cristiano

 

UN ITINERARIO POR LAS HUELLAS DE JUAN PABLO II

 

El Papa partió la mañana del 25 de mayo, a las 8,50 del aeropuerto romano de Fiumicino y tras más de dos horas de vuelo aterrizó en el aeropuerto internacional de Varsovia-Okecie. Dieron la bienvenida al Santo Padre el presidente de Polonia, Lech Kaczynski y su esposa, así como el primado de la Iglesia católica polaca, el cardenal Józef Glemp y el cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo metropolitano de Cracovia. 

 

Después de escuchar las palabras del presidente de la República, Benedicto XVI afirmó en su discurso que había venido a Polonia “para seguir las huellas” del Siervo de Dios Juan Pablo II “a lo largo de su vida, desde la infancia hasta el momento en que partió hacia aquel memorable cónclave de 1978“. El lema del viaje está tomado de la primera carta de San Pablo a los Corintios: “Estad firmes en la fe“.

 

El Papa puso de relieve que no se trataba simplemente “de un viaje sentimental“, sino “de un itinerario de fe, inscrito en la misión” que le ha confiado el Señor “en la persona del apóstol Pedro“.

 

Recordando las etapas de su periplo polaco: Varsovia, Czestochowa, Wadowice, Kalwaria Zebrzydowska, Cracovia, dijo: “Al final iré a Auschwitz, donde espero encontrar sobre todo a los supervivientes de las víctimas del terror nazi, provenientes de diversas naciones, que han sufrido la trágica opresión. Todos rezaremos juntos para que las heridas del siglo pasado cicatricen con la medicina que el buen Dios nos indica al invitarnos al perdón recíproco, y nos ofrece en el misterio de su misericordia“.

 

  En este contexto, durante el vuelo a Varsovia, el Papa había dicho a los periodistas que le acompañan en este viaje que lo sucedido en los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau “fue algo tremendo“.

 

Benedicto XVI afirmó que visitará los campos “pensando en los muchos muertos que allí hubo y con la esperanza de aprender lo que no hay que hacer“. También comentó que es un buen momento para pensar “cómo el hombre puede caer tan bajo y perder su dignidad pisoteando a los otros hombres“.

 

“Esperemos que desde allí nazca un nuevo sentido de humanismo y una visión del hombre a imagen de Dios y se evite que puedan ocurrir cosas similares en el futuro“,  concluyó.

 

Terminada la ceremonia de bienvenida, el Santo Padre se trasladó en papamóvil a la catedral de Varsovia, que está dedicada a San Juan, para participar en un encuentro con el clero.

 

SACERDOTES: PROMOTORES ENCUENTRO DEL HOMBRE CON DIOS

 

A las 12,30, el Papa se encontró con los sacerdotes en la catedral de Varsovia, que está dedicada a San Juan.

 

Al inicio de su discurso, el Santo Padre recordó al Siervo de Dios cardenal Stefan Wyszynski, conocido por los polacos como “el Primado del Milenio“, que “abandonándose a Cristo y a su Madre -dijo-, supo servir fielmente a la Iglesia a pesar de la pruebas dolorosas y continuas“.

 

Tras exhortar a los presbíteros a creer “en la potencia del sacerdocio“, Benedicto XVI dijo: “No nos dejemos llevar por la prisa, como si el tiempo dedicado a Cristo en silenciosa oración fuera un tiempo perdido. (…) No hay que desanimarse por el hecho de que la oración exija un esfuerzo, ni por la impresión de que Jesús no habla. El permanece en silencio, pero actúa“.

 

“En un mundo en el que hay tanto ruido, tanta desorientación, es necesaria la adoración silenciosa de Jesús escondido en la Hostia. Sed asiduos en la oración de adoración y enseñadla a los fieles. En ella encontrarán consuelo y luz, sobre todo las personas que sufren“.

 

El Santo Padre subrayó que “los fieles esperan solamente una cosa de los sacerdotes: que sean especialistas en la promoción del encuentro del hombre con Dios. Al sacerdote no se le pide que sea experto en economía, en construcción o en política. Se le pide que sea experto en la vida espiritual“.

 

“Frente a las tentaciones del relativismo o del permisivismo, no es ni mucho menos necesario que el sacerdote conozca todas las corrientes de pensamiento actuales y las que cambian; lo que los fieles esperan de él es que sea testigo de la sabiduría eterna, contenida en la Palabra revelada. La solicitud por la calidad de la oración personal y por una buena formación teológica obtiene frutos en la vida“.

 

Benedicto XVI señaló que “Cristo necesita sacerdotes que sean maduros, viriles, capaces de cultivar una auténtica paternidad espiritual“.

 

Tras recordar que Juan Pablo II, “con ocasión del Gran Jubileo exhortó varias veces a los cristianos a hacer penitencia de las infidelidades pasadas“, dijo: “Es necesario aprender a vivir con sinceridad la penitencia cristiana. Practicándola, confesamos los pecados individuales en unión con los demás, ante ellos y ante Dios“.

 

“Conviene no erigirse con arrogancia en juez de las generaciones precedentes, que vivieron en otros tiempos y en otras circunstancias. Es necesaria una humildad sincera para no negar los pecados del pasado y no caer en fáciles acusaciones en ausencia de pruebas reales  o ignorando las diferentes circunstancias de la época“, dijo. “Al pedir perdón por el mal hecho en el pasado, debemos recordar también el bien realizado con la ayuda de la gracia divina“.

 

El Santo Padre afirmó que la Iglesia en Polonia tenía que afrontar hoy un “gran desafío pastoral“, el de “la plaga del desempleo“, que obliga a muchos polacos a emigrar al extranjero, y dijo que la Iglesia “no puede permanecer indiferente“.

 

“Servid a todos, estad accesibles en las parroquias y en los confesionarios, acompañad a los nuevos movimientos y las asociaciones, sostened a las familias, no descuidéis a los jóvenes, acordaos de los pobres y de los abandonados“, concluyó.

 

Al final del encuentro, antes de dejar la catedral, el Papa rezó ante las tumbas de dos de los fallecidos primados de Polonia, los cardenales Stefan Wyszyński (1901-1981) y August Hlond (1881-1948). 

 

CARIDAD Y FAMILIA: CLAVES DE COLABORACION ECUMENICA

 

Benedicto XVI se desplazó esa tarde a las 17,30  al palacio presidencial de Varsovia para efectuar una visita de cortesía al presidente de la República Polaca, Lech Kaczynski, durante la cual saludó también al primer ministro y a los dos presidentes del parlamento polaco.

 

Finalizado el encuentro, el Papa se trasladó a la iglesia luterana de la Santísima Trinidad, donde se encontró con los representantes de las siete iglesias reunidas en el Consejo Ecuménico Polaco, (PRE) (Evangélica-Luterana, Evangélica Metodista, Cristiana Baptista, Vetero Católica de los Mariavitas, Ortodoxa Autocéfala Polaca, Evangélica Reformada y Polaco-Católica). El PRE sostiene desde 1970 un diálogo teológico con la Iglesia Católica y se encontró con Juan Pablo II durante sus visitas pastorales a Polonia.

 

En esta iglesia, sede de numerosos encuentros ecuménicos, Juan Pablo II presidió la oración por la unidad de los cristianos el 9 de junio de 1991. 

 

Benedicto XVI agradeció a los presentes la oportunidad de celebrar “un encuentro común de oración“. “Veo en él -dijo- una de las etapas para realizar el firme propósito que sigo desde el principio de mi pontificado: considerar una prioridad de mi ministerio la restitución de la unidad visible y plena entre los cristianos“.

 

El  Papa se refirió después a la “responsabilidad” que comporta anunciar el mensaje de Cristo, que “debe llegar a todos los seres humanos gracias al compromiso de los que creen en El y que están llamados a dar testimonio. (…) Es tarea de los discípulos de Cristo, de cada uno de nosotros, el tender a una unidad que nos haga ser, como cristianos, signo visible de su mensaje salvífico“.

 

El Santo Padre recordó las palabras de Juan Pablo II en esa misma iglesia, cuando afirmó que la seriedad de la tarea de alcanzar la unidad “prohíbe cualquier precipitación o impaciencia, pero el deber de responder a la voluntad de Cristo exige que permanezcamos firmes en el camino hacia la paz y la unidad entre los cristianos“.

 

“Desde ese encuentro han cambiado muchas cosas y Dios nos ha permitido dar muchos pasos hacia la comprensión y el acercamiento recíprocos“, observó Benedicto XVI, y citó en este contexto “la publicación de la encíclica “Ut unum sint”, las concordancias cristológicas con las iglesias precalcedonias, la firma de la “Declaración común sobre la doctrina de la justificación”, (…) la memoria ecuménica de los testigos de la fe en el siglo XX, la reanudación del diálogo católico ortodoxo en el ámbito mundial“, además de las grandes iniciativas ecuménicas en Polonia.

 

“Hay muchos progresos en el campo del ecumenismo -subrayó-, pero esperamos siempre más“. El Papa mencionó en concreto dos cuestiones: el servicio caritativo de las Iglesias y la vida conyugal y familiar.

 

“No podemos olvidar -dijo- la idea esencial que desde el principio constituyó el fundamento clave de la unión de los discípulos: “dentro de la unidad de los creyentes, no debe existir una tal forma de pobreza que alguno carezca de los bienes necesarios para una vida digna. Esta idea es siempre actual, (…) aceptar los retos caritativos contemporáneos depende en gran parte de nuestra colaboración recíproca. (…) Aprecio que en la comunidad de la Iglesia Católica y en las otras iglesias y comunidades eclesiales se difundan nuevas formas de actividad caritativa y hayan vuelto a aparecer algunas formas antiguas. Son formas que unen a menudo la evangelización y las obras de caridad. Parece que, a pesar de todas las diferencias que deben superarse en el ámbito del diálogo interconfesional, sea legítimo atribuir el compromiso caritativo a la comunidad ecuménica de los discípulos de Cristo en la búsqueda de la unidad plena. Todos podemos insertarnos en la colaboración a favor de los necesitados, utilizando esta red de relaciones recíprocas, fruto del diálogo entre nosotros y de la acción común“.

 

Respecto a la segunda cuestión, el Papa recordó que “entre las comunidades cristianas llamadas a dar testimonio del amor, la familia ocupa un puesto central. En el mundo de hoy, donde se multiplican las relaciones internacionales e interculturales, cada vez con más frecuencia, se deciden a fundar una familia jóvenes procedentes de diversas tradiciones, religiones y confesiones cristianas. Muchas veces (…) es una decisión difícil que comporta varios riesgos relacionados tanto con la perseverancia en la fe como con la construcción futura del orden familiar, como con la creación de un clima de unidad en la familia. (…) Sin embargo, gracias a la difusión a una escala más amplia del diálogo ecuménico, esa decisión puede dar origen a un laboratorio práctico de la unidad“.

 

El Santo Padre expresó su aprecio a la Comisión Bilateral del Consejo para las cuestiones del ecumenismo de la Conferencia Episcopal Polaca y del Consejo Ecuménico Polaco, que están elaborando un documento donde se presenta “la doctrina común cristiana sobre el matrimonio y la familia y se establecen principios, aceptables para todos, para contraer matrimonios interconfesionales, indicando un programa común para la pastoral de esos matrimonios“.

 

 

26 de mayo de 2006

CULTIVAR EL RICO PATRIMONIO DE FE RECIBIDO

 

El 26 de mayo el Papa se trasladó a las 9,15 desde la nunciatura apostólica a la Plaza Pilsudski de Varsovia, conocida como Plaza de la Victoria, donde presidió -en presencia de 270.000 personas- la celebración eucarística votiva del Espíritu Santo. En este lugar, Juan Pablo II inició el 2 de junio de 1979 la primera visita pastoral a su patria.

 

Concelebraron con el Santo Padre los cardenales y obispos polacos, así como obispos de otros países y numerosos sacerdotes. Estaban presentes, entre otros, el Presidente de la República, Lech Kaczynski y otras autoridades del país.

 

Dirigiéndose a los presentes, que tuvieron que soportar la lluvia durante toda la misa, Benedicto XVI recordó en la homilía que en esta Plaza, “la víspera de Pentecostés, Juan Pablo II pronunció las significativas palabras de la oración: “Descienda tu Espíritu y renueve la faz de la tierra”. Y añadió: “¡De esta tierra!“.

 

El Papa invitó a dar gracias a Dios por lo que se ha realizado en Polonia y en todo el mundo “durante el pontificado de Juan Pablo II. Ante nuestros ojos -dijo-, se han sucedido cambios de enteros sistemas políticos, económicos y sociales. La gente en diversos países ha reconquistado la libertad y el sentido de la dignidad“.

 

Frente a las personas y ambientes que, descuidando la Tradición de la Iglesia, “quieren falsificar la palabra de Cristo y quitar del Evangelio las verdades, según ellos demasiado incómodas para el hombre moderno“, dijo: “Todos los cristianos deben confrontar continuamente las propias convicciones con el Evangelio y la Tradición de la Iglesia para ser fieles a la palabra de Cristo, también cuando es exigente y humanamente difícil de comprender“.

 

“No debemos caer -continuó- en la tentación del relativismo o de la interpretación subjetivista y selectiva de las Sagradas Escrituras. Sólo la verdad íntegra nos puede abrir a la adhesión a Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación“.

 

Tras poner de relieve que “la fe consiste en una relación íntima con Cristo“, Benedicto XVI afirmó que amar a Cristo significa “fiarse de El, también en la hora de la prueba. (…) Si confiamos en El no perdemos nada, sino que ganamos todo. Nuestra vida adquiere en sus manos su verdadero sentido. (…) Amarlo quiere decir permanecer en diálogo con El, para conocer su voluntad y realizarla prontamente“.

 

“Vivir la propia fe como relación de amor con Cristo significa -añadió- estar dispuestos a renunciar a todo lo que constituye la negación de su amor. (…) La fe en cuanto adhesión a Cristo se revela como amor que impulsa a promover el bien que el Creador ha inscrito en la naturaleza de cada uno y cada una de nosotros, en la personalidad de todo ser humano y en todo lo que existe en el mundo“.

 

El Papa terminó recordando que hace 27 años, en este lugar, “Juan Pablo II dijo: “Polonia se ha convertido en nuestros tiempos en tierra de testimonio especialmente responsable”. Cultivad este rico patrimonio de fe que os han transmitido las generaciones precedentes, el patrimonio del pensamiento y del servicio de aquel gran polaco que fue el Papa Juan Pablo II. Sed fuertes en la fe, transmitidla a vuestros hijos, dad testimonio de la gracia que habéis experimentado de un modo tan abundante a través del Espíritu Santo en vuestra historia“.

 

Después de la misa, el Santo Padre regresó a la nunciatura apostólica, donde almorzó con los miembros de su séquito.

 

A primera hora de la tarde el Papa viajará en helicóptero a Czestochowa, donde visitará el Santuario mariano más famoso de Polonia. Allí se reunirá con los religiosos, religiosas, seminaristas y representantes de los movimientos y de la vida consagrada. Al finalizar la visita se dirigirá a Cracovia, donde pernoctará en el palacio arzobispal.

 

 

CZESTOCHOWA: MARIA, ESCUELA DE FE

 

Por la tarde de 26 de mayo, Benedicto XVI llegó en helicóptero al santuario de Czestochowa, llamado también “Jasna Góra”, el santuario mariano más famoso de Polonia y donde Juan Pablo II confió a la Virgen su pontificado. 

 

El icono de la Virgen de Jasna Góra lleva un vestido nuevo, en cumplimiento de un voto por el 350 aniversario de la defensa del santuario contra las tropas suecas, bajo el mando del padre prior Augustin Kordecki, y como expresión de gratitud por la vida de Juan Pablo II en el 25 aniversario del nacimiento de “Solidarnosc”. Las coronas de oro de la imagen fueron bendecidas y ofrecidas por Juan Pablo II el 1 de abril de 2005, la víspera de su fallecimiento.

 

A las 18,00, tras haber visitado el convento del santuario confiado a los Padres Paulinos, el Papa presidió, en el exterior del mismo, un encuentro con los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y representantes de los movimientos eclesiales y de la vida consagrada.

 

El Santo Padre comenzó su discurso afirmando: “María, la Madre del Señor, está en medio de nosotros. Hoy guía ella nuestra meditación. Nos enseña a rezar. Nos indica cómo abrir nuestras mentes y nuestros corazones a la potencia del Espíritu Santo, que viene a nosotros para que le llevemos por el mundo entero”.

 

“María ha sostenido la fe de Pedro y la de los apóstoles en el Cenáculo y hoy sostiene vuestra fe y la mía. (…) La fe, efectivamente, es un contacto con el misterio de Dios, (…) es el don, dado en el bautismo, que nos hace posible el encuentro con Dios. Dios se esconde en el misterio: pretender comprenderlo significaría quererlo circunscribir en nuestros conceptos y en nuestro saber y perderlo así irremediablemente. Mediante la fe, en cambio, podemos abrirnos un paso a través de los conceptos, incluso teológicos y “tocar” al Dios vivo”. 

 

“En el Cenáculo los apóstoles no sabían qué les esperaba. Atemorizados, se preocupaban por su propio futuro. (…) María, “aquella que creyó en el cumplimiento de las palabras del Señor”, (…) enseñaba la perseverancia en la fe. Con su entera actitud les convencía de que el Espíritu Santo, en su sabiduría, conocía muy bien el camino por el  que les llevaba, sabía que se podía depositar la confianza propia en Dios”.

 

“Muchos de los que estáis aquí presentes habéis reconocido esta llamada secreta del Espíritu Santo y habéis respondido. (…) Os ha llamado Jesús, invitándoos a una unión más profunda con Él”.

 

“¿Os acordáis de vuestro entusiasmo cuando emprendisteis el peregrinaje de la vida consagrada? -dijo dirigiéndose a los religiosos-. Intentad no perder nunca aquel empuje originario y dejad que María os lleve hacia una adhesión más plena cada vez”.

 

“¡Religiosos, religiosas y personas consagradas -exclamó el Santo Padre- cualquiera que sea la misión que os han confiado, (…) conservad en el corazón el primado de la vida consagrada!”, que “vivida en la fe, une estrechamente a Dios, suscita los carismas y confiere una fecundidad extraordinaria a vuestro servicio”. 

 

A los seminaristas les aconsejó que reflexionasen “sobre el modo en que María aprendía de Jesús” .”Desde su primer “fiat”, a través de los largos y normales años de la vida escondida, mientras educaba a Jesús (…) aprendía de Él, momento tras momento. (…) En vuestro camino y en vuestro futuro ministerio sacerdotal, dejaos guiar por María para “aprender” de Jesús. Miradle, dejad que sea Él quien os forme, para que el día de mañana podáis mostrar a Cristo a cuantos se acerquen a vosotros”.

 

“La vitalidad de vuestras comunidades -dijo a los representantes de los movimientos eclesiales- es un signo de la presencia activa del Espíritu Santo. Vuestra misión nace de la fe de la Iglesia y de la riqueza de los frutos del Espíritu Santo. (…) Creed en la gracia de Dios que os acompaña y llevadla en los tejidos vivos de la Iglesia y, de forma particular, allí donde no puede llegar un sacerdote, un religioso, una religiosa”.

 

“Os nutrís -prosiguió el Papa- de doctrinas procedentes de diversas escuelas de espiritualidad, reconocidas por la Iglesia. Aprovechaos de la sabiduría de los santos, recurrid a su herencia. Formad vuestras mentes y vuestros corazones sobre los grandes maestros y testigos de la fe, recordando que las escuelas de espiritualidad no deben ser un tesoro cerrado en los conventos y las bibliotecas”. 

 

“La sabiduría evangélica que se lee en las obras de los grandes santos y se verifica en la vida propia hay que llevarla de forma madura, no infantil y no agresiva, al mundo de la cultura y del trabajo, de los medios de comunicación y de la política. (…). La prueba de la autenticidad de vuestra fe y misión, que no llama la atención sobre sí, pero que realmente irradia fe y amor, puede ser confrontada con la fe de María. (…) Seguid su escuela”.

 

“Dios es amor -concluyó el Papa-. Son las palabras con que se abre la primera encíclica de mi pontificado. (…) Esta verdad sobre Dios es la más importante, la más central. A todos aquellos para quienes es difícil creer en Dios, repito hoy: “Dios es amor”. Sed vosotros, queridos amigos, testigos de esta verdad”.

 

Finalizado el encuentro, Benedicto XVI regresó en helicóptero a Cracovia. Después de cenar, se asomó al balcón del Palacio Arzobispal para saludar a las personas reunidas en la calle, siguiendo la costumbre de Juan Pablo II cuando visitaba Cracovia.

 

“Sé que el día dos de cada mes, a la hora de la muerte de mi amado predecesor -dijo-, os reunís aquí para conmemorarlo y rezar por su elevación a los altares. Que esta oración sostenga a quienes se ocupan de la causa (de beatificación  n.d.r.) y enriquezca vuestros corazones con la gracia”.

 

“A pesar de su muerte, él -joven en Dios- está entre nosotros. Nos invita a fortalecer la gracia de la fe, a renovarnos en el Espíritu”.

 

VISITA CIUDAD NATAL JUAN PABLO II Y SANTUARIO DE KALWARIA

 

A las 9,30 de la mañana, después de haber celebrado misa en privado en la Capilla del Arzobispado de Cracovia, el Santo Padre viajó en automóvil a Wadowice, ciudad natal de Juan Pablo II.

 

El Papa visitó la Basílica de la Inmaculada Concepción, donde Karol Wojty”a recibió el Bautismo. A continuación se dirigió a la casa en la que nació Juan Pablo II, que desde el 18 de mayo de 1984, con motivo del 64 cumpleaños, es un Museo. Benedicto XVI visitó el piso en el que vivió la familia Wojty”a, donde se exponen fotografías y objetos pertenecientes al difunto papa polaco cuando era sacerdote, obispo y pontífice. 

 

A las 11,00, el Santo Padre se encontró con los habitantes de Wadowice en la Plaza Rynek, que se encuentra frente a la Basílica.

 

Tras el saludo del cardenal Dziwisz, arzobispo de Cracovia, el Papa pronunció un discurso. “He querido venir precisamente aquí, a Wadowice -aseguró-, a los lugares en los que Juan Pablo II recibió y maduró su fe, para rezar junto con vosotros para que sea elevado pronto a la gloria de los altares”.

 

El Santo Padre recordó que Juan Pablo II se refería a menudo a la pila bautismal de la Iglesia de Wadowice en la que el 20 de junio de 1920 recibió el sacramento de la iniciación cristiana, “a la que tenía especial veneración”. Esta es, dijo, “la clave para comprender la coherencia de su fe, el radicalismo de su vida cristiana y el deseo de la santidad que manifestó continuamente”.

 

“Su amor por la Iglesia -continuó Benedicto XVI- nació en la parroquia de Wadowice. En ella experimentó la vida sacramental, la evangelización y la formación de una fe madura. Por eso, como sacerdote, como obispo y como Papa, tenía una especial predilección por las parroquias. En el espíritu de esta misma solicitud, durante la visita “ad limina” pedí a los obispos polacos que hicieran lo posible para que la parroquia polaca fuese realmente una “comunidad eclesial” y una “familia de la Iglesia”.

 

El Papa dijo que “otra característica de la fe y de la espiritualidad de Juan Pablo II, unida a este lugar” era la “profunda devoción de los habitantes de Wadowice a la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro. (…) Este recuerdo nos permite llegar al origen de la convicción de Juan Pablo II sobre el lugar excepcional ocupado por María en la historia de la salvación, en el de la Iglesia y en su vida, una convicción que expresaba con el “Totus tuus”. Fue fiel a su entrega hasta los últimos instantes de su peregrinación terrena”. 

 

“En el espíritu de esta devoción -terminó-, ante esta imagen quiero dar gracias a Dios por el pontificado de Juan Pablo II y pedir como él a la Virgen que cuide de la Iglesia, de la que por voluntad de Dios se me ha confiado la guía. También os pido a vosotros que me acompañéis con la misma oración con la que acompañabais a vuestro gran compatriota”.

 

Terminado el encuentro, el Santo Padre se trasladó en automóvil al Santuario de la Virgen de Kalwaria, dedicado a la Pasión de Jesús y a la Virgen Dolorosa, que toma el nombre de su modelo (el Calvario) de Jerusalén. Se trata del único Via Crucis -tiene 15 kilómetros de recorrido- inscrito en la lista del patrimonio de la humanidad de la Unesco, debido a la integración arquitectónica de la Vía Dolorosa en el paisaje local. Fue meta de asiduos peregrinajes de Karol Wojtyla en los años de su juventud.

 

Después de visitar el santuario, Benedicto XVI dirigió un breve saludo a la comunidad de los Frailes Menores que vive en el Convento del Santuario y a los fieles presentes. El Papa recordó que durante su primer viaje a Polonia Juan Pablo II visitó este Santuario y dedicó su discurso a la oración. “Al final dijo: “También pido esto: que recéis aquí por mí, durante mi vida y después de mi muerte”. Hoy he querido detenerme un momento en la capilla de la Virgen y rezar con gratitud por él, obedeciendo a su petición. Siguiendo el ejemplo de Juan Pablo II, yo también me dirijo a vosotros con la cordial petición de rezar por mí y por toda la Iglesia”.

 

De regreso a Cracovia, el Papa se detuvo en el Santuario de la Divina Misericordia, en Agiewniki. Allí rezó ante la tumba de Santa Faustina Kowalska, donde el joven Karol Wojty”a acudía con frecuencia cuando era obrero y después como seminarista clandestino en los años 40. A continuación, visitó la basílica, en la que había 800 enfermos.

 


Benedicto XVI culmina su viaje a Polonia visitando Auschwitz


CRACOVIA, domingo, 28 mayo 2006. – La figura blanca de Benedicto XVI atravesó este domingo, al concluir su visita a Polonia, la puerta del campo de concentración de Auschwitz y al igual que, los deportados pudo leer las palabras «Arbeit Mach Frei» («El trabajo hace libres»).

Como había confirmado el día anterior Joaquín Navarro-Valls a los periodistas, fue una visita incluida personalmente por el mismo Papa en este segundo viaje apostólico internacional, en el que ha seguido las huellas biográficas de Juan Pablo II.

Después de visitar en silencio los lugares del horror, después de haber rezado durante largo rato en el símbolo del Holocausto, después de haber hablado con supervivientes del campo de exterminio, el pontífice pronunció un discurso, con voz algo ronca por el cansancio de estos días, pero firme tanto por el tono como por la fuerza de sus contenidos.

«Tomar la palabra en este lugar de horror, de crímenes contra Dios y contra el hombre sin parangón en la historia, es casi imposible, y es particularmente difícil y oprimente para un cristiano, para un Papa que procede de Alemania», reconoció al comenzar su discurso.

«En un lugar como éste faltan las palabras, en el fondo, sólo hay espacio para un atónito silencio, un silencio que es un grito interior hacia Dios: ¿por qué te callaste? ¿Por qué has querido tolerar todo esto?», se preguntó.

«He venido hoy como hijo del pueblo alemán, y precisamente por este motivo debo decir y puedo decir» come Juan Pablo II: «No podía dejar de venir aquí. Tenía que venir».

«Era y es un deber ante la verdad y ante el derecho de quienes sufrieron, un deber ante Dios, el venir aquí como sucesor de Juan Pablo II y como hijo del pueblo alemán», afirmó, «hijo de ese pueblo del que tomó el poder un grupo de criminales con promesas mentirosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación o de su importancia, con previsiones de bienestar e incluso con la fuerza del terror y la amenaza».

De este modo, reconoció, «nuestro pueblo pudo ser usado y abusado como instrumento de su manía de destrucción y dominio».

«¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué se calló?», siguió preguntándose el Papa.
«No podemos escrutar el secreto de Dios, sólo vemos fragmentos y nos equivocamos cuando nos queremos convertirnos en jueces de Dios y de la historia».

El Papa pidió adoptar la misma actitud con Dios que manifiesta el pueblo judío en los Salmos cuando implora: «¡Despierta! ¡No te olvides de tu criatura, el hombre!».

«Nuestro grito dirigido a Dios tiene que ser al mismo tiempo un grito que penetra en nuestro mismo corazón para que despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que ha depositado en nuestros corazones no quede cubierto o sofocado en nosotros por el fango del egoísmo, por el miedo de los hombres, por la indiferencia y el oportunismo».

El obispo de Roma consideró que es particularmente necesario elevar este grito a Dios en nuestro momento actual, «en el que parecen surgir nuevamente en los corazones de los hombres todas las fuerzas oscuras: por una parte, el abuso del nombre de Dios para justificar una violencia ciega contra personas inocentes; y por otra, el cinismo que no reconoce a Dios y que escarnece la fe en Él»

«Gritamos a Dios para que lleve a los hombres a arrepentirse y a reconocer que la violencia no crea paz, sino que más bien suscita más violencia, un círculo de destrucción en el que a fin de cuentas todos pierden».

Después de haber dejado el campo de Birkenau, el Santo Padre se transfirió en coche al aeropuerto de Cracovia/Balice donde se celebró la ceremonia de despedida, con la participación del presidente de la República Lech Kaczyński.

No es posible quitar del Evangelio las verdades incómodas, advierte el Papa
Al celebrar una multitudinaria misa en la Plaza Pilsudski de Varsovia

VARSOVIA, viernes, 26 mayo 2006.- Benedicto XVI alertó este viernes ante los intentos de quitar del Evangelio las verdades incómodas, durante la misa que presidió en la Plaza Pilsudski de Varsovia, ante unas 275.000 personas que desafiaron la intensa lluvia.

Con su acto más multitudinario en la capital polaca, el Santo Padre recordó los 27 años de aquella misa que Juan Pablo II celebró en ese mismo lugar, en su primera visita pastoral a su patria, y que suscitaría un movimiento espiritual de consecuencias decisivas para el bloque soviético.

El obispo de Roma dedicó su homilía a uno de los argumentos que le han apasionado durante toda su vida: la unión íntima entre el amor y la verdad.

«Muchos predicadores del Evangelio han dado la vida precisamente a causa de la fidelidad a la verdad de la palabra de Cristo», dijo el pontífice. Entre los presentes, no faltaban rostros de ancianos con arrugas y cabellos blancos a quienes su condición de cristianos les creaba serios problemas hace tan sólo veinte años.

Y sin embargo, denunció, «al igual que en los siglos pasados, también hoy hay personas o ambientes que, descuidando esta Tradición de siglos, querrían falsificar la palabra de Cristo y quitar del Evangelio las verdades que, según ellos, son demasiado incómodas para el mundo moderno».

«Se trata de dar la impresión de que todo es relativo», dijo retomando la preocupación que ya manifestó el cardenal Joseph Ratzinger al celebrar la misa de inicio del cónclave hace algo más de un año.

«Incluso las verdades de fe dependerían de la situación histórica y del juicio humano –siguió constatando–. Pero la Iglesia no puede acallar al Espíritu de Verdad»

«Todo cristiano está obligado a confrontar continuamente sus propias convicciones con los dictámenes del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia en su compromiso por permanecer fiel a la palabra de Cristo, incluso cuando ésta es exigente y humanamente difícil de comprender», afirmó.

«No tenemos que caer en la tentación del relativismo o de la interpretación subjetiva y selectiva de las Sagradas Escrituras. Sólo la verdad íntegra nos puede abrir a la adhesión a Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación», aseguró.

La cruz de 25 metros de altura que destacaba en la plaza ayudó a los peregrinos a comprender la importancia de las palabras que estaban escuchando.

En la tarde, el Papa viajó en helicóptero a Czestochowa para visitar al santuario mariano de Jasna Gora y encontrarse con los religiosos y representantes de los movimientos. En la noche llegó a Cracovia, donde trascurrió la noche. Este sábado visitará Wadowice, ciudad natal de Juan Pablo II.

En nombre de Juan Pablo II, el Papa pide a los polacos mantenerse firmes en la fe
En la multitudinaria misa de su último día en Polonia

CRACOVIA, domingo, 28 mayo 2006.- En nombre del hombre más querido por el pueblo polaco, Juan Pablo II, Benedicto XVI exhortó este domingo a los católicos de ese país a ser fieles a su fe, durante el acto más multitudinario de su segundo viaje apostólico internacional.

Entre 900.000 y 1.500.000 personas, según diferentes fuentes, participaron en la Eucaristía de la Ascensión del Señor, que el Santo Padre presidió en el Parque de Blonie, lugar en el que también el Papa Karol Wojtyla celebraba ese Sacramento en sus viajes a su antigua archidiócesis.

Era el último día de la visita, que había comenzado el jueves anterior, y Benedicto XVI, «antes de regresar a Roma», quiso sintetizar el mensaje que le había traído a tierras polacas: «Permaneced firmes en la fe» (de hecho, ése ha sido el lema del viaje).

Y para que sus palabras alcanzaran un particular impacto entre el auditorio las propuso citando una homilía que Juan Pablo II había celebrado en ese mismo lugar el 10 de junio de 1979.

«¡Tenéis que ser firmes en esa fuerza que surge de la fe! ¡Tenéis que fortaleceros con la fuerza de la fe! ¡Tenéis que ser fieles! Hoy, más que en otra época, tenéis necesidad de esta fuerza», afirmó.

«También yo, Benedicto XVI, sucesor del Papa Juan Pablo II, os pido que miréis desde la tierra hacia el cielo, que fijéis la mirada en Aquél que desde hace dos mil años es seguido por las generaciones que se suceden en nuestra tierra, encontrando en Él el sentido definitivo de la existencia», indicó.

«Os pido que testimoniéis con valentía el Evangelio ante el mundo de hoy –recalcó–, llevando la esperanza a los pobres y a los que sufren, a los abandonados, a los desesperados, a quienes tienen sed de libertad, de verdad y de paz».

En particular, pidió «compartir con los demás pueblos de Europa y del mundo el tesoro de la fe, también en consideración de la memoria de vuestro compatriota que, como sucesor de san Pedro, ha hecho esto con extraordinaria fuerza y eficacia».

«Y acordaos también de mí en vuestras oraciones y en vuestros sacrificios, como os acordabais de mi gran predecesor, para que pueda cumplir la misión que me ha confiado Cristo », dijo antes de concluir.

Un millón de chicos y chicas en Cracovia junto al Papa
Benedicto XVI asegura a los jóvenes polacos que con Cristo pueden realizar sus sueños

CRACOVIA, domingo, 28 mayo 2006.- Benedicto XVI exhortó este sábado por la tarde a un millón de jóvenes polacos a no «tener miedo de apostar por Cristo», pues él es la roca sobre la que pueden cumplir sus sueños.

El encuentro tuvo lugar en el parque Blonie donde Juan Pablo II reunía a muchedumbres de polacos cuando, como Papa, regresaba a la ciudad de la que había sido arzobispo.

En una velada que recordó el ambiente de las Jornadas Mundiales de la Juventud, el Santo Padre invitó a los chicos y chicas a construir sus vidas sobre la «roca» por excelencia, Jesús.

«El miedo del fracaso puede detener incluso los sueños más bellos –reconoció–. Puede paralizar la voluntad y hacernos incapaces de creer que se puede haber una casa construida sobre roca».

«¡No tengáis miedo de apostar por Cristo!», aseguró. «¡Encended en vosotros el deseo de construir vuestra vida con Él y por Él! ».

Las dificultades no faltarán, les dijo. «Jesús es ignorado y ridiculizado; es proclamado rey del pasado, pero no del hoy y mucho menos del mañana, es arrinconado en el trastero de cuestiones y personas de las que no se debería hablar en alto y en público».

«Si en la construcción de la casa de vuestra vida os encontráis con quienes desprecian el fundamento sobre el que vosotros estáis construyendo vuestras vidas, ¡no es desalentéis! Una fe firme debe atravesar pruebas», dijo a los jóvenes.

«Nuestra fe en Jesucristo, para que permanezca como tal, con frecuencia debe confrontarse con la falta de fe de los demás», afirmó.

En particular, el Papa exhortó: «no os dejéis engañar por quienes quieren contraponer a Cristo con la Iglesia».

Recordando que Cristo llamó a Pedro, «la piedra» sobre la que construir la Iglesia, dijo evocando a Juan Pablo II, sucesor del pescador de Galilea como obispo de Roma: «Vosotros, queridos jóvenes, habéis conocido bien al Pedro de nuestros tiempos».

«Por ello, no olvidéis que ni el Pedro que está observando nuestro encuentro desde la ventana de Dios Padre, ni este Pedro [él mismo, ndr.], que ahora está ante vosotros, ni ningún Pedro sucesivo, estará contra vosotros».

«Por el contrario, comprometerá su corazón y sus dos manos para ayudaros a construir la vida sobre Cristo y con Cristo», dijo al concluir arrancando aplausos. El Papa tampoco escondió su alegría.

Tras el encuentro, el Papa regresó al arzobispado de Cracovia. En la noche, al igual que había hecho el viernes, retomando una tradición de Juan Pablo II, se asomó al balcón para saludar a los jóvenes, reunidos en torno a la que había sido durante años la casa del cardenal Karol Wojtyla.

Jóvenes rusos participan en el encuentro con el Papa en Polonia


MOSCÚ, viernes, 26 mayo 2006 – Diferentes grupos de comunidades católicas en Rusia se encuentran en Polonia para participar en la visita de Benedicto XVI a este país.

Son en su mayoría jóvenes que, bajo la guía y el cuidado de sacerdotes y religiosas locales, empezaron a salir a Polonia desde el lunes 23 de mayo en tren o autobús y algunos más en pequeñas camionetas.

«Tengo una gran esperanza de que el encuentro con el Papa les ayude a estos jóvenes a fortalecer su camino espiritual y que para muchos signifique un cambio completo en su vida», comentó a Zenit, momentos antes de su partida, el padre Grigori Glovenka, encargado de un grupo de jóvenes del poblado Oktyabr’ski, en los alrededores de Moscú.

Los jóvenes han estado este viernes 26 en Czestochowa y tienen previsto unirse el sábado, en Cracovia, al encuentro del Santo Padre con los jóvenes, en el parque de Blonie. El domingo, también en Cracovia, participarán en la celebración eucarística.

A despedir a los muchachos acudieron algunas madres de familia. Una de ellas, Elena Martinenko, recordó cómo la peregrinación que hizo a Roma el año pasado se convirtió no sólo en un momento inolvidable, sino en un punto de apoyo para su vida. «Espero que mi hijo se contagie también de esa gran fuerza para el alma», expresó.

Las poco más de 20 horas de viaje que separan a Moscú de Polonia, fueron aprovechadas por los grupos como tiempo de preparación espiritual para el encuentro con Benedicto XVI.

Y aunque varios de los jóvenes habían tenido ya la oportunidad de estar con el pontífice en el Encuentro Mundial en Colonia, el año pasado, la emoción de esta ocasión era igual de intensa. En sus rostros se reflejaba una gran alegría y esperanza de reunirse con Benedicto XVI en Polonia.

En sus maletas no sólo han metido banderas rusas, sino también cancioneros con piezas alusivas a la visita para ser entonadas en las diferentes ciudades.

En total, alrededor de 100 peregrinos rusos no sólo de Moscú, sino de parroquias tan lejanas como Nizhni Novgorod, se encuentran siguiendo al Papa en Polonia.

Benedicto XVI, «como padre», pide a los jóvenes decir «no» a la droga


CRACOVIA, domingo, 28 mayo 2006.- Benedicto XVI, «como padre», pidió a los jóvenes que digan «no» a la droga, en su último día en tierras polacas.

Tras la multitudinaria celebración eucarística en el parque Blonie de Cracovia, el pontífice tomó la palabra para revelar que algunos jóvenes le habían regalado este sábado un libro en el que se puede leer esta declaración: «Yo no la tomo; estoy libre de la droga».

La declaración estaba acompañada por 30.000 firmas de jóvenes, recogidas en Polonia, gracias a una campaña en Internet.

«Os pido, como padre, sed fieles a esta declaración –dijo el Papa–. Está en juego vuestra vida y vuestra libertad. No os dejéis subyugar por las ilusiones de este mundo».

Benedicto XVI reza por la pronta beatificación de Juan Pablo II


CRACOVIA, domingo, 28 mayo 2006 – Al recorrer este sábado algunos de los lugares más significativos para la vida de Karol Wojtyla, Benedicto XVI dejó espacio a las confidencias para confesar que también él reza por su pronta beatificación.

El Papa pronunció sus espontáneas palabras en el Santuario de la Virgen de Kalwaria, adonde acudía en peregrinación el pequeño Karol, acompañado por su padre.

Poco antes, el Papa había visitado la casa de la familia Wojtyla y se había encontrado en esa localidad, Wadowice, con personas que llenaron hasta los topes la plaza.

Entre otras aclamaciones, los peregrinos gritaban dos palabras que habían aprendido en italiano «Santo, subito» (Santo, pronto).

Era la misma aclamación que se escuchó en la plaza de San Pedro durante el funeral de Juan Pablo II presidido por el cardenal Joseph Ratzinger.

La presencia junto al Papa del cardenal Stanislaw Dziwisz, antiguo secretario de Juan Pablo II y actual arzobispo de Cracovia, hizo que los recuerdos fueran más intensos.

Hablando en italiano, el Papa dijo al final de su breve saludo en el santuario: «Qusiera decir yo también, como el querido cardenal Stanislaw: “espero que la Providencia conceda pronto la beatificación y la canonización de nuestro querido Papa Juan Pablo II».

También en Wadowice, al dirigirse a los miles de fieles, el Papa aseguró que había querido visitar ese lugar «para rezar, junto con vosotros, para que pronto sea elevado a la gloria de los altares».

Al explicar los motivos de su presencia en estos lugares, citando al poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe, añadió: «Quien quiere comprender a un poeta, debería visitar su pueblo».

«Aquí, en Wadowice, “comenzó todo”», dijo citando una expresión del mismo Karol Wojtyla al visitar ese lugar el 16 de junio de 1999.

Homilía de Benedicto XVI al celebrar misa en Varsovia, en la Plaza Pilsudski el viernes 26 de mayo

¡Sea alabado Jesucristo!

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Señor: «junto con vosotros deseo elevar un canto de gratitud a la Divina Providencia, que me permite hoy estar aquí como peregrino». Con estas palabras, hace 27 años, comenzó su homilía en Varsovia mi querido predecesor, Juan Pablo II. Las hago mías y doy gracias al Señor que me ha concedido poder llegar hoy a esta histórica Plaza. Aquí, en la vigilia de Pentecostés, Juan Pablo II pronunciaba las significativas palabras de la oración: «Que baje tu Espíritu y renueve la faz de la tierra». Y añadió, «¡De esta tierra!». En este mismo lugar fue despedido en una solemne ceremonia fúnebre el gran primado de Polonia, el cardenal Stefan Wyszynski, de quien en estos días recordamos el vigésimo quinto aniversario de su muerte.

Dios unió a estas dos personas no sólo mediante la misma fe, la misma esperanza y el mismo amor, sino también mediante las mismas vivencias humanas, que unieron a ambos íntimamente con la historia de este pueblo y de la Iglesia que vive en él.

Al inicio de su pontificado, Juan Pablo II escribió al cardenal Wyszynski: «En la Sede de Pedro no estaría este Papa polaco, que hoy lleno de temor de Dios, pero también de confianza, comienza el nuevo pontificado, sin tu fe, que no se doblegó ante la prisión y el sufrimiento, sin tu heroica esperanza, sin tu confianza hasta el final en la Madre de la Iglesia; sin Jasna Góra y sin todo este período de historia de la Iglesia en nuestra Patria, ligado a tu servicio de obispo y de primado» (Carta de Juan Pablo II a los polacos, 23 de octubre de 1978). ¿Cómo no dar gracias a Dios por lo que sucedió en vuestra patria, en el mundo entero, durante el pontificado de Juan Pablo II? Ante nuestros ojos han tenido lugar cambios de enteros sistemas políticos, económicos y sociales. La gente de varios países ha reconquistado la libertad y el sentido de la dignidad. «No olvidemos las grandes obras de Dios» (Cf. Salmo 78, 7). Yo también os doy las gracias por vuestra presencia y por vuestra oración. Gracias al cardenal primado por las palabras que me ha dirigido. Saludo a todos los obispos aquí presentes. Me alegra el ver la participación del señor presidente y de las autoridades estatales y locales. Abrazo con el corazón a todos los polacos que viven en la patria y en el extranjero.

«¡Permaneced firmes en la fe!». Acabamos de escuchar las palabras de Jesús: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Juan 14, 15-17a). Con estas palabras Jesús revela el profundo lazo que existe entre la fe y la profesión de la Verdad Divina, entre la fe y la entrega a Jesucristo en el amor, entre la fe y la práctica de una vida inspirada en los mandamientos. Estas tres dimensiones de la fe son fruto de la acción del Espíritu Santo. Esta acción se manifiesta como fuerza interior que pone en armonía los corazones de los discípulos con el Corazón de Cristo y les hace capaces de amar a los hermanos como Él los ha amado. La fe es un don, pero al mismo tiempo es una tarea.

«Él os dará otro Consolador – el Espíritu de Verdad». La fe, como conocimiento y profesión de la verdad sobre Dios y sobre el hombre, «viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo», dice san Pablo (Romanos 10, 17). A lo largo de la historia de la Iglesia, los apóstoles han predicado la palabra, preocupándose por entregarla intacta a sus sucesores, quienes a su vez la han transmitido a las generaciones sucesivas, hasta nuestros días. Muchos predicadores del Evangelio han dado la vida precisamente a causa de la fidelidad a la verdad de la palabra de Cristo. De este modo, del cuidado de la verdad ha nacido la Tradición de la Iglesia. Al igual que en los siglos pasados, también hoy hay personas o ambientes que, descuidando esta Tradición de siglos, querrían falsificar la palabra de Cristo y quitar del Evangelio las verdades que, según ellos, son demasiado incómodas para el mundo moderno. Se trata de dar la impresión de que todo es relativo: incluso las verdades de fe dependerían de la situación histórica y del juicio humano. Pero la Iglesia no puede acallar al Espíritu de Verdad. Los sucesores de los apóstoles, junto con el Papa, son los responsables de la verdad del Evangelio, y también todos los cristianos están llamados a compartir esta responsabilidad, aceptando sus indicaciones autorizadas. Todo cristiano está obligado a confrontar continuamente sus propias convicciones con los dictámenes del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia en su compromiso por permanecer fiel a la palabra de Cristo, incluso cuando ésta es exigente y humanamente difícil de comprender. No tenemos que caer en la tentación del relativismo o de la interpretación subjetiva y selectiva de las Sagradas Escrituras. Sólo la verdad íntegra nos puede abrir a la adhesión a Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación.

De hecho, Cristo dice: «Si me amáis…». La fe no significa sólo aceptar un cierto número de verdades abstractas sobre los misterios de Dios, del hombre, de la vida y de la muerte, de las realidades futuras. La fe consiste en una relación íntima con Cristo, una relación basada en el amor de Aquél que nos ha amado antes (Cf. 1 Juan 4, 11), hasta la entrega total de sí mismo. «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Romanos 5, 8). ¿Qué otra respuesta podemos dar a un amor tan grande, sino un corazón abierto y dispuesto a amar? Pero, ¿qué quiere decir amar a Cristo? Quiere decir fiarse de Él, incluso en la hora de la prueba, seguirle fielmente incluso en el Vía Crucis, con la esperanza de que pronto llegará la mañana de la resurrección. Si confiamos en Él no perdemos nada, sino que ganamos todo. Nuestra vida adquiere en sus manos su verdadero sentido. El amor por Cristo se expresa con la voluntad de poner en sintonía la propia vida con los pensamientos y los sentimientos de su Corazón. Esto se logra mediante la unión interior, basada en la gracia de los Sacramentos, reforzada con la oración continua, con la alabanza, con la acción de gracias y la penitencia. No puede faltar una atenta escucha de las inspiraciones que Él suscita a través de su Palabra, a través de las personas con las que nos encontramos, de las situaciones de vida de todos los días. Amarlo quiere decir permanecer en diálogo con Él, para conocer su voluntad y realizarla prontamente.

Pero vivir la propia fe como relación de amor con Cristo significa estar dispuestos a renunciar a todo lo que constituye la negación de su amor. Por este motivo, Jesús ha dicho a los apóstoles: «Si me amáis guardaréis mis mandamientos». Pero, ¿cuáles son los mandamientos de Cristo? Cuando el Señor Jesús enseñaba a las muchedumbres, no dejó de confirmar la ley que el Creador había inscrito en el corazón del hombre y que había formulado en las tablas de los Diez Mandamientos. « No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una “i” o una tilde de la Ley sin que todo suceda» (Mateo 5, 17-18). Ahora bien, Jesús nos mostró con nueva claridad el centro unificador de las leyes divinas reveladas en el Sinaí, es decir, el amor a Dios y al prójimo: «amar [a Dios] con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Marcos 12, 33). Es más, Jesús en su vida y en su misterio pascual ha llevado a cumplimiento toda la ley. Uniéndose a nosotros a través del don del Espíritu Santo, lleva con nosotros y en nosotros el «yugo» de la ley, y de este modo se convierte en una «carga ligera» (Mateo 11, 30). Con este espíritu, Jesús formuló la lista de las actitudes interiores de quienes tratan de vivir profundamente la fe: Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia… (Cf. Mateo 5,3-12)

Queridos hermanos y hermanas, la fe en cuanto adhesión a Cristo se revela como amor que impulsa a promover el bien que el Creador ha inscrito en la naturaleza de cada uno y cada una de nosotros, en la personalidad de todo ser humano y en todo lo que existe en el mundo. Quien cree y ama se convierte de este modo en constructor de la verdadera «civilización del amor», en la que Cristo es el centro. Hace 27 años, en este lugar, Juan Pablo II dijo: «Polonia se ha convertido en nuestros tiempos en tierra de testimonio especialmente responsable» (Varsovia, 2 de junio de 1979). Os lo pido, cultivad este rico patrimonio de fe que os han transmitido las generaciones precedentes, el patrimonio del pensamiento y del servicio de ese gran polaco, el Papa Juan Pablo II. Sed fuertes en la fe, transmitidla a vuestros hijos, dad testimonio de la gracia que habéis experimentado de un modo tan abundante a través del Espíritu Santo en vuestra historia. Que María, Reina de Polonia, os muestre el camino hacia su Hijo y os acompañe en el camino hacia un futuro feliz y lleno de paz. Que no falte nunca en vuestros corazones el amor por Cristo y por su Iglesia. ¡Amén!

JOVENES: CONSTRUID VUESTRA CASA SOBRE LA ROCA DE CRISTO

 

27 de mayo. – Finalizada la visita a la catedral de Wawel, el Papa se trasladó en papamóvil al Parque de Blonie, lugar de todas las celebraciones de Juan Pablo II en Cracovia para encontrarse con los jóvenes.

 

Después del saludo del cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia, y de los testimonios de algunos jóvenes, el Papa se dirigió al millón de chicos y chicas reunidos en el parque.

 

“En el corazón de todo ser humano -dijo el Santo Padre- hay el deseo de una casa. Mucho más en un corazón joven que aspira a tener una casa propia. (…) La nostalgia de una casa de la que estar orgullosos, (…) esta nostalgia no es otra cosa que el deseo de una vida plena, feliz, realizada. ¡No tengáis miedo de ese deseo! (…) No descorazonaros ante la vista de las casas derrumbadas, de los deseos no realizados. (…) Dios creador, que infunde en un corazón joven el deseo inmenso de felicidad, no lo abandona en la fatigosa construcción de esa casa que se llama vida”.

 

  “¿Cómo construir esa casa llamada vida? (…) Jesús (…) nos exhorta a construirla sobre la roca. Sólo así no se derrumbará, pero ¿qué significa construir sobre la roca? Significa antes que nada construir sobre Cristo y con Cristo. Significa construir sobre un fundamento que se llama amor crucificado”.

 

Cristo, prosiguió Benedicto XVI, “que nos conoce mejor que nosotros mismos, nos dice: (…) “eres digno de estima y yo te amo”. Construir sobre la roca es “construir con alguien que es siempre fiel, aunque nosotros no lo seamos, porque El no puede renegar de sí mismo; (…) con alguien que se inclina constantemente sobre el corazón del ser humano herido y le dice: “Yo no te condeno, vete y no peques más”. (…) ¡No tengáis miedo de apostar por Cristo! ¡Tened nostalgia de Cristo como fundamento de la vida!”.

 

Construir sobre la roca, subrayó el Papa, significa también “construir sobre Alguien que fue rechazado”, y recordó las palabras de San Pedro sobre Jesús, “piedra viva rechazada por los hombres. (…) El hecho innegable de la elección de Jesús por parte de Dios no esconde el misterio del mal, por el cual el ser humano es capaz de rechazar a Aquel que lo amó hasta el final. Este rechazo de Jesús (…) prosigue en la historia de la humanidad y llega hasta nuestros días. (…) Muchas veces Jesús es ignorado, (…) proclamado rey del pasado, pero no del presente y tanto menos del futuro, se le arrincona entre las cuestiones y las personas de las que no se debe hablar en alta voz o en público. Si en la construcción de la casa de vuestra vida, os encontráis con los que desprecian el fundamento, no os descorazonéis. Una fe fuerte debe pasar a través de las pruebas. (…) Nuestra fe en Jesús (…) a menudo debe confrontarse con la falta de fe de los demás”. 

 

Pero construir sobre la roca es también “ser conscientes de que habrá contrariedades. (…) Cristo comprende no sólo la aspiración del ser humano a una casa duradera, sino que es también consciente de todo lo que puede arruinar la felicidad del ser humano. ¡No os maravilléis de las contrariedades! Un edificio construido sobre la roca no equivale a una construcción substraída al juego de las fuerzas naturales, grabadas en el misterio del ser humano. Construir sobre la roca significa saber que en los momentos difíciles hay una fuerza segura de la que fiarse”.

 

“Construir sobre la roca quiere decir también construir sobre Pedro y con Pedro. (…) “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Si Cristo, la Roca, (…) llama a su apóstol Piedra, significa que quiere que Pedro y junto a El, toda la Iglesia sean signos visibles del único Salvador y Señor. (…) No os dejéis ilusionar por los que quieren contraponer Cristo a la Iglesia. (…) Vosotros jóvenes habéis conocido muy bien al Pedro de nuestros tiempos. Por eso, no olvidéis que ni ese Pedro que está observando nuestro encuentro desde la ventana de Dios Padre, ni este Pedro que ahora está ante vosotros, ni ningún Pedro sucesivo estará nunca contra vosotros, ni contra la construcción de una casa duradera sobre la roca”.

 

  “La última palabra -concluyó Benedicto XVI – es una palabra de esperanza.. El miedo al fracaso puede frenar incluso los sueños más hermosos. (…) Puede persuadirnos de que la nostalgia de la casa es sólo un deseo juvenil y no un proyecto de vida ¡Sed testigos de esperanza, de esa esperanza que no teme construir la casa de la propia vida porque sabe que puede contar con un fundamento que no se derrumbará jamás: Jesucristo, Nuestro Señor!”.

 

Acabado su discurso, el Papa entregó a los jóvenes la “Llama de la Misericordia”, símbolo de la misión de llevar la luz de la fe en el mundo, y bendijo la primera piedra del Centro Juan Pablo II.

 DOS MILLONES DE PERSONAS ASISTEN A LA MISA EN CRACOVIA

 

28 de mayo. – Dos millones de personas asistieron esta mañana a la misa presidida por Benedicto XVI en el Parque de Blonie, donde ayer se encontró con los jóvenes. Concelebraron con el Papa los cardenales y obispos polacos y los que forman parte del séquito papal.

  

Un representante del patriarca Alejo II, padre Igor Vyzhanov, asistió a la celebración eucarística y trasladó al Papa el saludo del patriarca de Moscú y de todas las Rusias.

 

Comentando el Evangelio de la solemnidad de la Ascensión, el Papa afirmó en la homilía: “Aquí en la tierra, estamos llamados a mirar al cielo, a dirigir nuestro pensamiento y nuestro corazón hacia el inefable misterio de Dios. Estamos llamados a mirar en la dirección de esta realidad divina, a la que el ser humano está orientado desde la creación. Ahí se encierra el sentido definitivo de nuestra existencia”.

 

Tras recordar que Juan Pablo II celebró varias veces misa en este parque durante los viajes apostólicos a su patria, dijo: “Desde aquí veía Cracovia y toda Polonia”, y exclamó: “¡Cracovia, la ciudad de Karol Wojtyla y de Juan Pablo II, también es mi Cracovia! También es una Cracovia querida al corazón de muchísimos cristianos de todo el mundo, que saben que Juan Pablo II vino a la Colina Vaticana desde esta ciudad, desde la colina de Wawel, “de un país lejano”, que, gracias a esto se ha convertido en un país querido por todos”.

 

El Papa señaló que había querido venir a Polonia y a Cracovia para “respirar el aire de su patria. Quería ver la tierra en la que Juan Pablo II nació, creció y emprendió su incansable servicio a Cristo y a la Iglesia universal. (…) Aquí quiero pedir a Dios que conserve este patrimonio de fe, esperanza y caridad que dejó al mundo y a vosotros en particular”. 

 

Refiriéndose al lema de la peregrinación, “Estad firmes en la fe”, el Santo Padre señaló que la fe “es un acto humano muy personal, que tiene dos dimensiones. Creer quiere decir en primer lugar aceptar como verdad lo que nuestra mente no comprende totalmente” y en segundo lugar “es confiar en una persona, no en una persona ordinaria, sino en el mismo Cristo. Lo que creemos es importante, pero aún es más importante Aquel en quien creemos”.

 

“Cuando Karol Wojtyla fue elegido a la sede de Pedro para servir a la Iglesia universal, vuestra tierra se convirtió en un lugar de especial testimonio de la fe de Cristo. Vosotros mismos estáis llamados a dar este testimonio ante el mundo entero. Vuestra vocación es siempre actual, y quizá aún más actual desde el momento de la muerte del Siervo de Dios. ¡No privéis al mundo de este testimonio!”.

 

“Fortalecidos por la fe en Dios, comprometeos con ardor en consolidar su Reino en la tierra: el Reino del bien, de la justicia, de la solidaridad y de la misericordia. Testimoniad con valentía el Evangelio ante el mundo de hoy, llevando la esperanza a los pobres, a los que sufren, a los abandonados, a los desesperados, a los que tienen sed de libertad, de verdad y de paz. Haciendo el bien al prójimo y preocupándoos del bien común, dad testimonio de que Dios es amor”. 

 

Benedicto XVI terminó pidiendo a los fieles polacos que compartieran con los otros pueblos de Europa y del mondo “el tesoro de la fe, en consideración de la memoria de vuestro compatriota que, como Sucesor de San Pedro, hizo esto con extraordinaria fuerza y eficacia”.

 

Después de la misa y antes de rezar el Regina Coeli, el Papa se dirigió en particular a la juventud, que durante el encuentro de ayer por la tarde, dijo, “manifestó su unión con Cristo y con la Iglesia”.

 

“Ayer me regalásteis el libro de los testimonios: “No tomo, estoy libre de la droga”. Como un padre, os pido: sed fieles a esta promesa. Está en juego vuestra vida y vuestra libertad. No seáis víctimas de las ilusiones de este mundo”.

 

Benedicto XVI se trasladó posteriormente al Palacio Arzobispal de Cracovia, donde almorzó y a primera hora de la tarde se despidió del personal y de los colaboradores del arzobispo y de algunos miembros del comité organizador de la visita.

DIOS NO VUELVA A PERMITIR OTRO AUSCHWITZ

 

28 de mayo. – Benedicto XVI dejó esta tarde el Palacio Arzobispal de Cracovia para trasladarse al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, la última etapa de su viaje apostólico.

 

El Papa atravesó a pie la puerta de Auschwitz donde campean las palabras que acogían a los deportados “Arbeit macht frei”(El trabajo hace libres) y fue recibido por el director del museo de Auschwitz y otras autoridades civiles y religiosas. Después se dirigió al Patio de la Muerte, donde le esperaban algunos ex-prisioneros y más tarde a la celda donde murió san Maximilian Kolbe, en el sótano del bloque 11.

 

A continuación se desplazó en automóvil al Centro de Diálogo y Oración, una institución católica creada cerca del campo de concentración, donde bendijo las instalaciones. Finalizada la visita recorrió en coche los tres kilómetros que llevan al campo de Birkenau. Una vez llegado allí, el Papa se detuvo en primer lugar ante el monumento con las 22 lápidas, símbolo del Holocausto, que recuerdan a todas las víctimas de los campos de Auschwitz-Birkenau, y departió unos momentos con los representantes de otras religiones y un grupo de supervivientes al exterminio de diversas nacionalidades. 

 

El Papa rezó por las víctimas y escuchó el kaddish de duelo, antes de pronunciar su discurso.

 

“Tomar la palabra en este lugar de horror, de crímenes acumulados contra Dios y contra el hombre sin parangón en la historia, es casi imposible, y es particularmente difícil y angustioso para un cristiano, para un Papa que procede de Alemania”, dijo Benedicto XVI.

 

“En un lugar como éste faltan las palabras; en el fondo sólo hay espacio para un silencio desamparado, un silencio que es un grito interior hacia Dios: Señor ¿por qué callaste? ¿Por qué has podido tolerar todo esto? En esta actitud de silencio, nos inclinamos profundamente (…) ante la inmensa multitud de cuantos aquí sufrieron y fueron sentenciados  a muerte; sin embargo, este silencio se transforma en una petición en voz alta de perdón y de reconciliación, un grito al Dios vivo para que no permita jamás algo similar”.

 

El Papa recordó la visita de Juan Pablo II, “como hijo de aquel pueblo que junto al pueblo judío sufrió tanto en estos lugares y en el curso de la guerra”. “Seis millones de polacos perdieron la vida durante la segunda guerra mundial, la quinta parte de la población”, recordó entonces Juan Pablo II, y desde aquí “lanzó el solemne llamamiento al respeto de los derechos del ser humano y de las naciones”. 

 

“Juan Pablo II estuvo aquí como hijo del pueblo polaco”, dijo Benedicto XVI. “Yo estoy hoy aquí como hijo del pueblo alemán, y precisamente por este motivo debo decir y puedo decir como él: No podía dejar de venir aquí. Tenía que venir. Era y es un deber ante la verdad y ante el derecho de quienes sufrieron, un deber ante Dios, el venir aquí como sucesor de Juan Pablo II y como hijo del pueblo alemán, hijo de ese pueblo sobre el que tomó el poder un grupo de criminales con promesas engañosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación y su importancia, con expectativas de bienestar e incluso con la fuerza del terror y la intimidación, de forma que de nuestro pueblo se pudiera usar y abusar como instrumento de su delirio de destrucción y dominio”.

 

“¡Cuántas preguntas surgen en estos lugares!”, exclamó el Papa. “De nuevo nos preguntamos: ¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Cómo pudo tolerar (…) este triunfo del mal? (…) Vienen a nuestra mente las palabras del Salmo 44; (…) ese grito de angustia que el Israel que sufre eleva a Dios en los períodos de angustia extrema, y que es al mismo tiempo el grito de ayuda de todos aquellos que en el curso de la historia  (…) sufren por amor de Dios, por amor de la verdad y del bien”.

 

  “No podemos escrutar el secreto de Dios, sólo vemos fragmentos y nos equivocamos cuando nos queremos convertir en jueces de Dios y de la historia. (…) No, en definitiva debemos seguir con nuestro humilde e insistente grito hacia El: ¡Despierta! ¡No te olvides de tu criatura, el ser humano!”.

 

“Gritemos a Dios en este momento cuando parecen surgir nuevamente en los corazones de los hombres todas las fuerzas oscuras: por una parte, el abuso del nombre de Dios para justificar una violencia ciega contra personas inocentes; y por otra, el cinismo que no reconoce a Dios y que escarnece la fe en Él”.

 

“El lugar donde nos encontramos es un lugar de la memoria, es el lugar de la Shoah. El pasado no es nunca pasado. Nos indica los caminos que debemos y los que no debemos tomar. (…) Algunas lápidas nos invitan a una conmemoración particular. (…) Hay una en lengua judía. Los potentes del Tercer Reich querían aplastar al pueblo judío en su totalidad, eliminarlo del número de los pueblos de la tierra. (…) Si este pueblo con su existencia constituye un testimonio del Dios que habla al ser humano y se hace cargo de él, entonces ese Dios debía finalmente morir y su dominio pertenecer sólo al ser humano, a aquellos que creían ser fuertes y que habían sabido hacerse dueños del mundo”.

 

  “También está la lápida en lengua polaca: en una primera fase se quería eliminar la élite cultural y cancelar así al pueblo como sujeto histórico autónomo para rebajarlo en la medida en que seguía existiendo, a un pueblo de esclavos. Otra lápida es (…) la escrita en la lengua de los sinti y rom. Aquí se quería hacer desaparecer a todo un pueblo, (…) incluido entre los elementos inútiles de la historia universal, mediante una ideología en la que contaba solamente la utilidad que se puede medir. (…) La lápida en ruso, que evoca el inmenso número de vidas sacrificadas entre los soldados rusos durante el enfrentamiento con el régimen del terror nacionalsocialista, nos hace reflexionar también sobre el doble significado trágico de su misión: liberar a los pueblos de una dictadura, debía servir para someter a aquellos pueblos a otra dictadura, la de (..) la ideología comunista. (…) Las lápidas en alemán (…) nos recuerdan que los alemanes que venían a Auschwitz-Birkenau eran considerados las heces de la nación”.

 

“Sí -concluyó el Papa-, tras estas lápidas se esconde el destino de innumerables seres humanos que sacuden nuestra memoria y nuestro corazón. No quieren provocar nuestro odio: al contrario nos demuestran lo terrible que es la acción del odio. Quieren llevar a la razón a reconocer el mal como mal y a rechazarlo; quieren suscitar en nosotros el valor del bien, de la resistencia contra el mal. Quieren llevarnos a los sentimientos que se manifiestan en las palabras que Sófocles pone en los labios de Antígona frente al horror que la circunda: “Estoy aquí no para odiar junto a ti sino para amar junto a ti”.

EL PAPA SE DESPIDE DE POLONIA: CUSTODIAD DEPOSITO CRISTIANO

 

28 de mayo. – Después del acto conmemorativo por las víctimas de los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau, el Papa se trasladó al aeropuerto de Cracovia/Balice para la ceremonia de despedida.

 

En respuesta al discurso del presidente de la República, Lech Kaczynski, el Santo Padre recordó que cuando Juan Pablo II se despidió hace cuatro años de su patria por última vez, exhortó a la nación a “dejarse guiar siempre por sentimientos de misericordia, de solidaridad fraterna, de preocupación por el bien común”, con la esperanza de que así “no solamente hubiera encontrado el puesto que le corresponde en una Europa Unida, sino que habría enriquecido también con su tradición este continente y el mundo entero”.

 

“Hoy -continuó-, mientras vuestra esperanza en la familia de los Estados de Europa se va consolidando cada vez más, deseo repetir de todo corazón aquellas palabras de esperanza. Sed fieles custodios del depósito cristiano, y transmitidlo a las generaciones futuras”. 

 

Benedicto XVI agradeció a los polacos sus oraciones desde el momento en que fue elegido sucesor de Pedro y pidió que siguieran rezando por él y rogando al Señor que aumente su “fortaleza en el servicio de la Iglesia universal”.

 

Tras dar las gracias al presidente de la República y a las autoridades civiles y  religiosas, así como a los que han contribuido a la buena marcha de este viaje, el Papa concluyó con las palabras de San Pablo, “que han acompañado mi peregrinación en tierra polaca: “Vigilad, estad firmes en la fe, sed suertes, tened ánimo; todas vuestras obras hacedlas en la caridad”.

 

El avión papal partió de Cracovia a las 21,50 y aterrizó en el aeropuerto de Ciampino a las 23,30. Desde allí, el Santo Padre se trasladó en helicóptero al Vaticano.

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